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lunes, 21 de septiembre de 2009

París 36

Por Carlos Bonfil

 

¿El efecto Amélie Poulain persistirá por largo tiempo en el cine comercial francés? La fórmula parece exitosa, pues reconfigura el imaginario colectivo con el rescate de los valores de la llamada Francia profunda, plantea la vigencia de los géneros tradicionales (comedia y melodrama en una evocación histórica que desea ser un comentario sobre la realidad actual), acude a los arquetipos del viejo cine popular, resucita la comedia musical combinando music hall y cabaret político, y finalmente recupera la atmósfera romántica de la barriada parisina para señalar, con nostalgia y vanidad herida, la pérdida del París casi rural, anterior a los embates de la modernidad y de la inmigración masiva.

¡Ah, los tiempos de Fernandel y de René Clair! ¿Dónde está el París de Aristide Bruant, de Fréhel o de la Piaf? ¿Dónde el poulbot, emblema infantil de las barriadas? ¿El acordeón, la java y el bal-musette? Buena parte del cine francés acude hoy al llamado a recuperar las tradiciones perdidas, y en su momento la cinta Amélie desató una fuerte polémica al ser acusada de flirtear con los valores más rancios de la derecha política francesa, por excluir en su representación de la Francia urbana (excepto en rápidas caricaturizaciones) a esos inmigrantes que hoy configuran el nuevo rostro multirracial del país, e idealizar con clichés reiterativos la imagen de una nación detenida en el color local, impermeable a la contaminación cultural externa, y siempre desafiante a partir de sus certidumbres satisfechas.

Christophe Barratier, el realizador de Los coristas, procura renovar en París 36 (Faubourg 36), la tradición del cine popular francés con una propuesta musical que, paradójicamente, parece calcada de alguna comedia musical hollywoodense de los años 30. Galapiat (Bernard Pierre Donnadieu), un empresario sin escrúpulos, decide cerrar el Chansonia, un teatro de music hall que ha perdido su primer aliento. El director escénico Pigoil (Gérard Jugnot) y dos jóvenes comediantes politizados (Milou, Clovis Cornillac, y Jackie, Kad Merad) ocupan por la fuerza el teatro con el fin de darle un nuevo impulso por cuenta propia. El año es 1936, al día siguiente de la victoria del Frente Popular, en pleno auge de los entusiasmos socialistas. Lo que sigue es el enfrentamiento de un grupo de aguerridos artistas proletarios con una pandilla de conspiradores fascistas en una sucesión de viñetas que incluyen a un comediante traidor que por autoengaño se une a los enemigos de su clase, y de Douce (Nora Arnezeder), una joven cantante que por proteger a la compañía teatral acepta ser la amante del pérfido Galapiat. Hay naturalmente una historia de amor contrariado entre la joven Douce, encandilada por la fama instantánea, y el héroe proletario Milou, y las mil vicisitudes para recobrar el lustre perdido del Chansonia, rebautizado años después como Faubourg 36.

París 36 es, cabe precisarlo, una fábula social, y como lo aclara un lector de The New York Times no es menos inteligente en su trama que una comedia musical de Rodgers & Hammerstein. Pero algo es cierto: su acumulación de clichés y situaciones previsibles admite menos, hoy en día, la coartada de que un entretenimiento eficaz autoriza una larga suspensión de la credulidad en el público o el trazo rápido, casi grosero, del contexto histórico. Si el espectador se siente atraído por la ambientación en tiempos del Frente Popular francés, quedará sin duda decepcionado, ya que la fecha es un recurso tan artificioso como las locaciones mismas de la cinta, filmadas en la periferia de la ciudad de Praga. No obstante, el trabajo de la fotografía a cargo de Tom Stern (camarógrafo predilecto de Clint Eastwood) es notable. Y aunque los números musicales son eficaces y las melodías atractivas, cabe lamentar el engolosinamiento del director con coreografías efectistas y mal hechas, que parecen copiadas en la pésima inspiración que ya tuvo Ken Russel al querer emular a Busby Berkeley en El novio (1971). Después del barroquismo visual y las desmedidas pretensiones del australiano Baz Luhrmann en Moulin rouge (2001), se agradece la pátina retro de esta película ingenua y bon enfant de Barratier. París bien vale una misa, aun cuando algunos de sus acólitos no siempre estén a la altura del oficio.

 

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