tension lia

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martes 27 de febrero de 2007

De Jorge Luis Borges


Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

viernes 23 de febrero de 2007

Rafael E. Saumell: Nicolasito, Nicolach, ¡cuánto nos cuesta el alba!

Rafael E. Saumell

Nicolasito, Nicolach,

¡cuánto nos cuesta el alba!

 

«¿Sólo así he de irme?

¿Como las flores que perecieron?

¿Nada quedará en mi nombre?

¿Nada de mi fama aquí en la tierra?

¡Al menos flores, al menos canto!»

Cantos de Huexotzingo

 

Para Grettel Alfonso

Para Abdel y Michael

 

Cuando leí el obituario escrito por Ivette Leyva Martínez (Encuentro en la Red, miércoles 23 de julio) no lo pude creer: Nicolás Guillén Landrián había muerto, a causa de cáncer en el páncreas, el día anterior y en la ciudad de Miami.

No tengo nada que agregar a lo que ya otros han opinado acerca de la obra cinematográfica y pic- tórica de «Nicolach», como empezó a llamarlo mi hijo Michael allá en La Habana remota. Sólo puedo pensar en la persona a quien vi por primera vez en la prisión, a quien reencontré acompañado de Grettel Alfonso, después de que fuimos excarcelados, un mediodía brillante de 1986 o 1987 en casa de Elizardo Sánchez Santacruz, pues fue amigo de los fundadores del Comité Cubano Pro Derechos Humanos —Ricardo Bofill Pagés, Adolfo Rivero Caro, Eddie López Castillo, Enrique Hernández Méndez, etc.

En mayo de 1988 salí de Cuba con mi familia. En los meses posteriores supe por la prensa y por dos de los implicados, los señores Ramón Cernuda y Jerry Scott, que una muestra de la pintura de Nicolasito había generado un pleito político-judicial de ribetes amargos y ponzoñosos, terminado con penas para los acusados y sin glorias para los acusadores. Por fin él y Grettel abandonaron la Isla y se asentaron en Miami. Manena, Abdel, Michael y yo fuimos a visitarlos a su apartamento de Coral Gables. Nos regalaron una firma abakuá que conservo entre mis pocas pero valiosas pertenencias.

A partir de aquel momento mantuve con él una comunicación muy irregular, aunque siempre estuve enterado de sus altas y bajas. Guardo un recorte de El Nuevo Herald donde aparece junto a Grettel, los dos atravesando situaciones de desamparo. Ahora su cuerpo descansa en la Florida y yo ando por Texas con una muerte más encima.

El mes de julio ha sido terrible para los cubanos: Celia, Tito Duarte, Compay Segundo se han ido. No obstante, la desaparición de Nicolasito sí que me ha afectado. Me hiere y toca en profundidad la mortalidad de un ser tan querido. Incluso el hecho de enterarme que Nicolasito tenía 65 abriles al fallecer constituyó un elemento de sorpresa adicional. Me resulta imposible admitir que él había alcanzado esa respetable edad. Siempre será joven, alto, corpulento, simpático, conversador, lúcido y errático, díscolo, irónico, talentoso, amable, generoso.

Antes de conocerlo había escuchado incontables anécdotas que lo describían como una suerte de enfant terrible del ambiente intelectual cubano. Casi todos los que lo habían tratado hablaban de sus indudables dotes creadoras, combinadas con la pasión por una yerba divina, las bebidas alcohólicas, las mujeres, el jazz, el cine, las juergas, la poesía y la irreverencia política. «Todo mezclado», como dice un verso de su homónimo tío, que alguna vez fue Poeta Nacional, miembro del Comité Central del Partido único y presidente de la Unión de Escritores y Artistas. Nicolasito, rindiéndole honores, tampoco fue un «hombre puro». Nadie lo ha sido nunca, como lo demostraron los dos Nicolás.

En noviembre de 1981 nuestros destinos respectivos nos condujeron a un incómodo lugar: la sala de psiquiatría del Hospital Nacional para Reclusos, ubicada en la prisión Combinado del Este. Nicolasito venía cumpliendo una sentencia de cuatro años por el delito de «peligrosidad», él que nunca puso en peligro a nadie, excepto a sí mismo. Por segunda ocasión se hallaba detrás de los barrotes. Años antes le habían endilgado el sambenito penal de haber cometido «diversionismo ideológico» por el contenido de una de sus obras. Allí, vestido con un pijama demasiado corto y estrecho para su estatura y cuerpo, calzando unas enormes botas militares a manera de chancletas, con mirada estrábica, el habla afectada por dosis letales de barbitúricos, lento en el andar, despeinado y, en ocasiones, ausente del mundo, allí, insisto, malvivía el famoso Nicolasito Guillén, artista maldito, rodeado de dementes, suicidas fracasados, guardias, perros y alambradas.

Desde el momento en que llegué hasta que fui dado de alta meses después, no nos separamos. Toparnos en medio de tanta locura ambiente, resultaron una dicha y un gran consuelo mutuo.

La sala estaba dividida en tres cubículos con capacidad para seis o siete camas cada uno. Recuerdo ciertos nombres de la época: el doctor Jesús Edreira; Natalia, la enfermera ; Reglita, la secretaria; Floro y El Padrino, los reclusos-sanitarios; Moisés, el paciente-tra- bajador, y varios enfermos notables: Chambele, quien se lavaba la cara todas las mañanas usando el agua del inodoro; Jorgito, retrasado mental, mil veces vio- lado por un bugarrón apodado Panqué; Kindelán, quien cayó en estado catatónico en las celdas de castigo; El gato que temía el fusilamiento tanto como la ducha; el mulato Aníbal, que tragó salfumán cuando su pareja de la cárcel lo abandonó; Blanca Palidez, un joven de piel lechosa que se sacó los testículos con una cuchilla de afeitar, en protesta porque lo separaron de su amante; Ichi, ladrón de tendederas, buscavidas, mimo, autor de falsos actos de harakiri en los jardines de la heladería Coppelia; Sandalio, quien reclamaba ser contador público, agrimensor, compositor de canciones (El amor es una cosa esplendorosa) y guionista de cine (La guerra de las galaxias); Pedro, periodista de la revista Mar y Pesca; Roland, contrabandista de dólares; Miguel Ángel Vinajeras, un parricida que había matado a su esposa de un balazo en un parque, y que no pudo suicidarse pues dejó de funcionarle la pistola, creador del mundo perfecto, donde no hay problemas de vivienda ni discusiones familiares; ET , es decir, el extraterrestre, enfermo de epilepsia...

Con ellos y otros personajes coexistíamos Nicolasito y el resto de los pacientes-reclusos, quienes debíamos obedecer, al mismo tiempo, dos inflexibles normas disciplinarias: las de las cárcel y las del hospital. El recuento matutino podíamos pasarlo en la cama. Luego del desayuno, tragábamos las pastillas frente a los ojos vigilantes de Natalia. A partir de ese momento nadie podía permanecer acostado, salvo autorización del doctor Edreira. Había que caminar y caminar por los pasillos laterales hasta el almuerzo, unas cuatro horas más tarde.

Lo que sigue sirve de ejemplo para describir un día en la vida de Nicolasito en 1981: pasar el brillador, participar en la limpieza de los baños, hacer labor-terapia —es decir, llenar pomitos con pastillas—, mirar hacia el resto de la prisión para estar al tanto de los movimientos de personas y vehículos en aquel universo que albergaba entonces, igual que ahora, a miles de condenados vestidos de gris. Luego de comer el rancho del mediodía y de ingerir la segunda dosis de tabletas, Nicolasito podía volver a la cama y dormir hasta que lo despertaba el coro de voces de los presos homosexuales radicados en una sección del edificio 2, bautizada con el nombre de «La patera».

A eso de las cuatro Floro y El Padrino se encargaban, con mayor o menor suerte, de que los pacientes nos bañáramos. A continuación Nicolasito debía ingerir la tercera dosis. Al rato traían la comida. A la siguiente hora había que estar listos para el recuento. En lo adelante daban permiso para encender el televisor hasta las 10 p.m., horario del último conteo y de la dosis final. Apagaban las luces y comenzaba la vida nocturna del presidio: los diálogos en susurro, las sesiones de cigarrillos compartidos, el sueño en ocasiones interrumpido por algún loco que en medio del silencio se alzaba en la cama para gritar: «¡Viva Huber Matos!» Floro y El Padrino se lanzaban encima del pobre tipo y lo regañaban por el ruido y por la indiscreción. Entonces, y pidiendo disculpas, el mismo individuo vociferaba: «¡Viva Gutiérrez Menoyo!».

A veces la rutina cotidiana se alteraba por causas distintas. Nicolasito tenía visita. O el Dr. Edreira mandaba de regreso a las prisiones a algunos de los pacientes, u organizaba una sesión de electroshocks que convertía al pabellón en un recinto de ejecuciones. Nicolasito padeció con frecuencia esas terapias. Salía de ellas sin conocimiento. Dormía, o eso parecía hacer por algún tiempo, hasta que abría los ojos brumosos, más extraviados y estrábicos que nunca, preguntaba qué pasaba y trataba de recordar lo acontecido.

Le daba por hablar mucho de un hijo, a la sazón de unos doce o trece años, que había tenido con una mujer búlgara. Asimismo, mencionaba a su señora madre, que nunca le fallaba una visita. Se refería con frecuencia a un hermano de profesión abogado, funcionario del Ministerio del Trabajo. Del tío célebre poco tenía que comentar. En realidad daba la impresión de haber perdido la fe en su pariente desde hacía muchas lunas.

El resto del tiempo se lo pasaba conversando de música, de cine, de literatura, casi nada de política y, si se prestaba la ocasión, confesaba su nostalgia por la yerba tan perseguida. Muy a menudo hablaba de sus documentales y parecía preferir el titulado Ociel del Toa (1971). Cosa curiosa, nunca le escuché ninguna diatriba ni expresión rencorosa en contra de sus antiguos jefes o colegas del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (icaic).

Una mañana típica, y sin ton ni son, recitó un par de poemas. Me gustaron. Le pregunté quién era el autor. «¡Yo!», me enfatizó de modo que no hubiera dudas de mi parte. Le rogué que los copiara a mano. «Prefiero dictarlos», respondió. Accedí.

 

¡Cuánto nos cuesta el alba!

 

Cuánto nos cuesta el alba

Cuántas veces la presencia

de la muerte aquella que nos prolonga...

Qué ansiedad

el trajinar contra el dintel de las puertas,

el cristal de las ventanas

y el sillón que dejó el viejo;

el alba desde niño

está en los furtivos sueños onanistas

y en el badajo que involucra

al hombre oscuro.

Quiero alertar el sueño del regreso,

en las sienes convergen la luz y el ángulo

que sube y baja en su nocturno suceder.

Todo ha sido previsto.

No puedo.

 

 

por solidaridad

 

Qué formidable fruta debió ser

la que el diablo puso

para que Adán,

estando con Eva y en el paraíso se atreviera

cosas del diablo y de Dios y de Eva

como prohibir a Adán tomar la fruta

estando con Eva

pidiéndolo Eva

 

Durante mi estadía en la sala recibí la petición fiscal, se celebró mi juicio y se decidió mi destino carcelario. Una tarde de mayo de 1982 el doctor Edreira anunció el término de mi jornada psiquiátrica. Nicolasito llevaba bien la cuenta de los días, meses y años que él había extinguido. Por eso sabía lo que me esperaba, o sea, una idéntica obsesión con el paso del almanaque. De él adquirí la manía de machacar una frase suya cuando me hallaba desesperado: «Quiero el final, quiero el final, quiero el final...». Esposado y enjaulado retorné a La Cabaña. Él aguardaba por la orden de libertad emitida por el tribunal. Al despedirnos, repitió la letanía hasta el paroxismo. Nunca más coincidí con «Nicolach» pero sí me enteré que andaba suelto desde mucho antes de que me tocara salir del Combinado en abril de 1986. Fue en ese año o el siguiente cuando convergimos en la casa de Elizardo. Se le veía mejor, más delgado y coherente, aliñado, aunque a ratos, confieso, él perdía el hilo de la conversación.

Vinieron meses intensos, de mucha actividad opositora por parte del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, y de un fuerte gardeo dirigido por los servicios de contrainteligencia contra los ex-presos que se atrevían a reunirse con periodistas extranjeros y diplomáticos, con el propósito de presentarles denuncias sobre violaciones de los derechos humanos. También visitábamos el Azobispado de La Habana y el Ministerio de Justicia con idéntica misión.

De cuando en cuando Nicolasito y Grettel se nos unían en las reuniones informales del Comité celebradas en casa de Bofill o de María Esther de Céspedes. En esos meses descubrí su pasión por pintar, especialmente en horas de la madrugada. Las paredes de su vetusta casona del Vedado eran, ¿siguen siéndolo?, testigos de esa creatividad. No sé cómo lograba conseguir los materiales, pero ahí estaba la obra creciente y delirante ante la vista de quien deseara enterarse. Pasó hambre y necesidades en su país natal. Se comenta que en el exilio ganó y perdió mucho dinero, que anduvo sin techo días y noches secundado invariablemente por Grettel. Siguió forjando su obra, fue homenajeado y respetado.

En La Habana de restringida glasnost expuso varios de sus cuadros en una muestra ideada por Bofill, la cual tuvo lugar en una mansión del Vedado a comienzos de 1988. Las crónicas de la época, de Cuba y de los Estados Unidos, recogen los hechos. Desde 1959 nadie había logrado llevar a cabo nada parecido. Puedo ver a Rivero Caro y a Reinaldo Bragado inaugurando la reunión. Hay periodistas extranjeros tomando notas y fotografías. Desde el edificio de enfrente la Seguridad del Estado graba en vídeo las imágenes de quienes entran y salen. Al día siguiente, un grupo de asaltantes integrado por miembros del Comité de Defensa de la Revolución (cdr) de la cuadra, avanza en fila india hacia la entrada de la casa. Provocan una discusión y sin anunciarlo se meten dentro y comienzan a destruir cuanto alcanzan. Resistimos. El noticiero de televisión del canal 6 muestra a la ciudadanía unas pocas secuencias de la vivienda, asediada por policías y simpatizantes del régimen. En el grupo de «contrarrevolucionarios» figura Nicolasito.

Logró salvar otros cuadros, pero el mercado de arte para los disidentes era lo que es hoy: nulo. Al Ministerio de Cultura de Hart y de Prieto no le interesa promover a un apestado. Nadie le ofreció empleo a quien, al igual que todos, debía atender tres necesidades básicas: desayuno, almuerzo y comida. El Sr. Jerry Scott, a cargo de las relaciones públicas y la información en la Sección de Intereses de los Estados Unidos, comenzó a ayudarlo a sugerencia y petición mías. Llamé su atención sobre el caso humanitario y artístico que representaba mi amigo. Scott, que es también pintor, puso en práctica la cari- dad eficaz: sacó de Cuba la obra acumulada de Nicolasito, la cual pasó al cuidado del Sr. Ramón Cernuda en Miami. A fin de cuentas, durante la guerra fría fue una buena tradición trasladar al occidente burgués y democrático los textos artístico-literarios de los autores perseguidos y silenciados en sus patrias. A raíz de un proceso político-judicial de pésimo gusto, y originado por quién sabe qué motivos, Cernuda perdió la custodia de los cuadros y Scott el puesto en La Habana. Por suerte, se aclaró el entuerto. Nicolasito pudo exponer su obra ante la comunidad de Miami. Me informan que el evento fue exitoso. A Scott, inclusive, se le dio un puesto en la Casa Blanca.

Manejé desde Saint Louis, Missouri, hasta Miami para visitarlo. Dedicamos horas memorables, en las cuales mezclamos pasado y presente, a conversar de cuanto teníamos en común. Caminamos por la calle 8 y concluimos el recorrido, según asegura mi hijo Michael, en un restaurante de la cadena McDonald's. Quedan las fotos a manera de constancia. En una de ellas aparecen juntos y en tono guasón dos que han cesado de existir: «Nicolach» y mi hijo Abdel. Nunca más nos aproximó la vida. He pasado quince años en la periferia del exilio, entre los estados de Missouri, Texas, Alabama, de nuevo Texas. Siempre le preguntaba a otros amigos, viajeros asiduos a Miami, qué noticias tenían de él. Las respuestas eran invariables: «Está bien, continúa pintando, hizo una exposición, dirigió un documental, lo homenajearon».

A Nicolasito lo tengo conmigo a diario, lo veo en casa minuto a minuto a través de su firma abakuá colgando de la pared en mi cuarto. En la mínima pero sagrada papelería que atesoro —copias de mi sentencia, el envejecido pasaporte cubano, una carta de Carlos Rafael Rodríguez, documentos y versos de Abdel, recortes de prensa cubana y norteamericana— se hallan sus poemas.

Pero los años han pasado con una celeridad increíble y ahora él muere y de pronto me doy cuenta de que no insistí como debí en buscarlo y reunirme con él y con Gretta. No me perdono semejante descuido. Tengo que aprender a revivirlo en la memoria, lo único que va permaneciendo de mi pasado. He perdido a un amigo y a un testigo de momentos importantísimos. En este preciso minuto recuerdo que él y yo fuimos retratados el mismo día en el edificio 3 del Combinado para actualizar nuestros expedientes carcelarios. Más aún: la foto en mi carta de libertad es la tomada en aquella oportunidad. Desde hoy tengo que conseguir copias de esos documentales que hizo y no vi. Debo rescatar numerosas fotos de sus cuadros que él me obsequió. ¿Dónde estarán? ¿De qué paredes colgarán? ¿Quién recordará a Nicolasito, aparte de sus familiares inmediatos, dentro de, digamos, cinco años? ¿Qué será de sus restos? ¿Lo enterrarán? ¿Lo convertirán en cenizas, lo preservarán en una urna como hemos hecho con Abdel?

Cuando le di la mala noticia, Michael reaccionó de esta manera: «¡Nooo! Me siento muy triste. Cuando niño estaba enamorado de él. Quería imitarlo. Me encantaban sus mainerismos. Era un tipo genial. ¿De verdad que tenía 65 años cuando murió? No puedo creerlo. Siempre lo veo joven cuando pienso en él. Y su casa de Cuba pintada por los cuatro costados».

Descansa en paz «Nicolach». Quienes te quisimos lo seguiremos haciendo. De cualquier manera, no costaba ningún trabajo cogerte cariño. Perdona mi negligencia por no haber intentado reanudar nuestras conversaciones. Toda- vía no hemos ganado nuestra pelea contra el demonio. Por eso, siempre que me indigno con los asuntos de nuestra nación, repito tu letanía ansiosa y uno de tus versos: «Quiero el final, quiero el final, ¡Cuánto nos cuesta el alba!»

Otro abrazo, mi hermanito...

Nicolás Guillén Landrián: El iluminado y su sombra

Nicolás Guillén Landrián: El iluminado y su sombra      

Por Dean Luis Reyes    

06 de noviembre de 2004 

 

Hace apenas dos años, Nicolás Guillén Landrián confesó, rememorando su entrada al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos ( ICAIC ) en 1962, época de fundación e inventiva, de colisión de actitudes ideológicas y corrientes estéticas dispares, cuando no encontradas: "…dentro del ICAIC los realizadores todos nos movíamos dentro de la cosa de hacer un cine de avantgarde." Eran los tiempos del aprender haciendo, de ver y discutir las corrientes más transgresoras del cine de su tiempo, de replantearse las fórmulas tradicionales del cine comercial ampliamente consumido y sembrado en el gusto de las audiencias del país, tradición que la nueva institución pretendía romper pensando y edificando un nuevo cine popular, el cual respondiese además a las urgencias militantes de su contexto.

 

Su primer documental fue parte del Noticiero ICAIC Latinoamericano (dirigido por Santiago Álvarez) y se titula Un festival (1963). En él se sintetiza la celebración en La Habana de los primeros Juegos Universitarios Latinoamericanos. Bajo una incesante descarga jazzística, su estructura reporteril refiere la llegada de las delegaciones, el recibimiento, el ambiente de camaradería en los hoteles, los entrenamientos y la competición, las palabras inaugurales a cargo de Raúl Castro, la presencia de Fidel entre el público, el fetecún final. Aquí la forma cinematográfica no hace otra cosa por el contenido como no sea potenciar la síntesis. Mas, se vislumbran ya los rasgos que le buscarían fama de excéntrico: ausencia de narración o entrevistas (salvo en la coda, donde un delegado de El Salvador cuenta cómo se ha visto obligado a volver a Cuba tras la persecución a que fue sometida la delegación a su regreso) y un tono como descuidado, juguetón.

 

Guillén Landrián, quien confesó haber padecido cierto síndrome de competencia familiar alrededor del otro Nicolás, el poeta (su tío paterno), admitió siempre su inclinación por evitar el parecido -inclinación por la cual entonces te acusaban de autosuficiente-: "Yo trataba de hacer un cine que no fuese igual a lo demás, que no coincidiera con lo demás, que fuera un cine muy personal (…) La imagen era más importante que la palabra en sí. Me interesaba elaborar la imagen a través de un lenguaje nuevo, un lenguaje atrevido, interesante para el espectador."

 

Todo esto, así como el trabajo de edición sonora, dotan a su estilo de estatura singular. Ya con En un barrio viejo (1964) inaugura su inclinación por saturar de sentido los cortos minutos de sus documentales. Asimismo, otorga una complejidad extraña a su trabajo con el material de la realidad: las discusiones conceptuales y estilísticas del neorrealismo italiano, el free cinema, el cinema erita y el direct cinema , de las experimentaciones de la vanguardia europea (algo de las posturas estéticas del cine de autor de los iconoclastas de la nouvelle vague anida por ahí) parecen hacer metástasis en un estilo demasiado personal para adscribirlo a escuela alguna.

 

Dentro de En un barrio viejo están a prueba la mayoría de las marcas de carácter de su cine. Sus breves pero agudos sistemas de sentido, generados en base a contigüidades de las que se infieren analogías o contrastes, se convierten en la mejor manera de exponer sus puntos de vista sobre una realidad que es tratada con humildad, mas no con ingenuidad. Y al muy intencionado trabajo de montaje suma la cómplice edición de sonido, que con el tiempo fue convirtiéndose en recurso esencial. La superposición de capas de sentido, así como el nerviosismo de su puesta en escena, se desenvuelve a través de planos cortos, fijos, escasos paneos, combinaciones de planos medios y planos detalles; cortes secos, limpios (esa respiración entrecortada del relato que nos mantiene en vilo hasta el final); un léxico cristalino que sostiene el punto de vista objetivo de un mirar resuelto en el montaje de apretados párrafos; secuencias que se fragmentan hacia dentro y funden su heterogeneidad en núcleos de significación independientes a la vez que interdependientes que se integran como en un mosaico en el afuera de la interpretación.

 

Pero no todo es cuestión de lenguaje, estilo. Hay sobre todo actitud. Las películas fehacientemente documentales de Guillén Landrián se corresponden con la tendencia dominante del cine cubano de la época de ocuparse de reflejar el proceso vivo del cambio social. Se quería revelar al pueblo su fibra de actor de la Historia, participante fundamental en la gestión de una conciencia social nueva, colaborando en la aspersión de un nuevo sistema de valores. En ese sentido, la idea del cambio revolucionario era enfrentada al pasado inicuo, ante el cual imponía su justeza en relatos de aspiración mesiánica, que propugnaban un presente heroico y un mañana utópico. Nicolasito tuvo cuidado de no confundir creencia y objeto de la indagación. Consideró a la Revolución como un fenómeno multivalente y complejo, que al tiempo que garantiza la justicia social para la mayoría, provoca nuevas distorsiones y potencia desigualdades inéditas, sobre todo cuando impacta sobre los pliegues apretados de la cultura popular, allí donde los dictados de la tradición tienden a ser sólidos.

 

En Los del baile (1965) queda claro que la vocación etnográfica del cineasta no se reduce a una militancia étnica o política. Aunque los negros sean a menudo los sujetos de su mirada, le importan en tanto que individuos en su contexto. Guillén Landrián era un animal mundano, pero la inquietud por su mundo no lo dejó detenerse en marcas de carácter racial o en grupos concretos. Su necesidad de hablar de su sociedad lo incita a violar las convenciones de lo documental (si cabe un campo estricto al género): la cámara es revelada continuamente, sin reservas; no hay una sola de sus obras donde la gente no nos mire a los ojos. ¿Quién es ese ser anónimo? Las intenciones del realizador son claras: el hombre es el actor de la historia, su hacedor; pero nunca un hombre abstracto, sino concreto, con nombre y oficio. Mientras que la mayor parte de sus colegas van a otorgar sentido a una realidad superponiéndole ideas preconcebidas, haciendo cumplir en el contradictorio magma de lo real los estados puros del ideal (operación mediante la cual se verificaba dogmáticamente la justeza de la nueva realidad revolucionaria, al transfundir la ideología a las normas de conducta de lo cotidiano juzgando y corrigiendo desviaciones, romantizando y enalteciendo lo que les parece bien orientado), él va, observa sin prejuicios y llega a conclusiones. Juzga lo que muestra. Ello, sin ocultarse como sujeto interpretante, como mediador intelectual que concluye.

 

Mas, en su fuero interno se debatían a un tiempo el reconocimiento de la justeza del proceso de cambio social y el de que tras esas resistencias, tras la extrañeza sembrada en el rostro del pueblo simple, de los destinatarios de tanta justicia, había mucho de auténtico. Ociel del Toa (1965) es la cristalización definitiva de una poética obsesiva, desgarrada por la necesidad de concluir un arraigo, de entregarse a la celebración simple de lo contradictorio del tiempo que se vive a la vez que de cautiva reverencia a la legitimidad de esa extrañeza, de ese no entender para qué el cambio.

 

En 1968 Guillén Landrián hace con Coffea Arábiga su obra más conocida. El tema debió ser una papa caliente en manos de cualquier realizador: un corto didáctico acerca del cultivo del café con motivo del gigantesco plan de siembra y fomento del grano en las inmediaciones de la capital cubana, el cual ocupaba a miles de personas en un laboreo frenético. Tal frenesí es lo primero que salta a la vista en la textura de Coffea Arábiga , documental apoyado esencialmente en el montaje, verdadero pastiche de propaganda política, literatura científica, fotoanimaciones, empalmes sonoros desquiciados e imaginativos, donde el intertitulado juega un papel irónico y desgarrado a la vez, al llevar buena parte del peso en los contrapuntos que aquí son tan agudos como complejos, y donde por vez primera Guillén Landrián echa mano a las "palas" al falsear un hecho que, no obstante, refiere como realidad documental.

 

Las lecturas que se han hecho del filme tienden a enfatizar apuradamente detalles del cuerpo en vez de la sinergia, la dialéctica interacción de cada bloque, pues en Coffea… se refuerza la fragmentación interior del discurso, que en este caso redunda en una superior compactación del sentido, pero dentro de cuya armonía en la diferencia toca el cielo el contraste, los contrapuntos ácidos de forma y contenido que nunca volverán en su obra a reportar tanta agudeza. Al contrario de como ha sido leído usualmente, Coffea… sí es un documental didáctico. De esos que se hacen con pedacitos de literatura científica y terminología técnica, declaraciones de especialistas e ilustración del tema por la imagen, con propósitos desembozadamente pedagógicos. Y donde prospera la lucha de contrarios complementarios es justamente en el trabajo con esa obligatoriedad, allí donde Guillén Landrián consigue un lenguaje nuevo con arreglo a formas de expresión únicas.

 

La textura formal de Coffea Arábiga no solo inaugura un área de experimentación inédita dentro del cine de Guillén Landrián, propia de las búsquedas expresivas de una vanguardia audiovisual que no solo se debate contra el registro mimético y la exposición lineal, el manoseo de las evidencias de lo real más que de sus inmanencias, sino que lo incorpora a la corriente fragorosa del cine histórico que entonces tomaba por asalto el campo cultural cubano y daba en precisar los perfiles de una genealogía de la emancipación. De ahí que la siguiente película de Guillén Landrián fuese una personal indagación del devenir nacional.

 

En Desde La Habana ¡1969! Recordar el montaje es frenético, propio de la textura hipnótica y desorientadora a un tiempo de la publicidad, de su diálogo con el inconsciente. Es esta la obra más decididamente experimental de Guillén Landrián (si entendemos por ello su intención abiertamente no narrativa, comprometida antes con una orientación de impacto sensorial de tan heterogénea reunión de elementos, organizando un sentido difuso a partir de combinaciones poco previsibles) y una de las aventuras mejor identificables con un proceder no aristotélico en la historia del cine cubano. Ello, sin renunciar del todo al pacto narrativo o a la estructura de tres tiempos del relato. Solo que la inclinación del realizador a maniobras de altísima inventiva y complejidad extrema a partir de los elementos puestos en juego para significar llega aquí al clímax. El caos es ahora casi total. Solo puedo adivinar retazos de sentido, más que hilar una orientación clara del todo hacia una tesis. En verdad, ya Nicolasito es incapaz de obedecer gobierno alguno, ni el de su propia mente. Transgrede incluso el marco habitual de su indagación: si hasta ahora había estado en sintonía con la demandas compartidas por los realizadores del cine cubano de mantenerse muy concientes de los problemas de su contexto –en años en los que se hacían insistentes llamados a forjar una autoconciencia indígena, de fomentar la revisión de nuestro devenir histórico, en un repunte nacionalista, autoafirmador- ahora Guillén Landrián decide concentrarse en asunto de su tiempo. Contó el realizador: "Yo traté en Desde La Habana… de hacer un cine muy subjetivo, muy personal (…)"

 

He aquí la más rotunda confirmación del compromiso del artista con un cine desalienador, opuesto no solamente a los oscurantismos de su realidad, sino también a las convenciones ocultadoras del lenguaje cinematográfico, al disfrazamiento de los asuntos esenciales que, en un momento climático para la humanidad como era aquel cambio de década, se hacía inevitable tomar en consideración. No hay testimonio aquí. Ni relato. La tesis está montada sobre un aparato de interrogación que renuncia al pacto conformista con los mecanicismos dramatúrgicos. Alguien que había visto desde temprano la complejidad de las relaciones materiales que se establecen entre los hombres y su contexto, que no creía en los acabamientos de las contradicciones, pues de ellas se alimentaba la vida, que veía a cada tanto la posibilidad de dimensionarlas, de observarlas desde ángulos múltiples y aun así verlos permanecer inagotados. Alguien que sabía que una mirada sola no es capaz de agotar tal universo de relaciones –he ahí la causa del panoptismo delirante de su cine- tenía que rebelarse.

 

Sin embargo, Taller Claudio A. Camejo Línea y 18 , más conocido como Taller de Línea y 18 (1971) parece su vuelta al redil. Por vez primera, utiliza un narrador eficiente y claro, voz que enumera detalles técnicos de la labor en la fábrica de ómnibus que se propone biografiar la película. Aquí la intención es molestar, inquietar. El documental se padece más que disfruta. Si hasta su obra más hermética era disfrutable en sus salidas irónicas, su humor corrosivo, puntos de giro imaginativos, nada previsibles o mecánicos, aquí se nota el esfuerzo. Parece un trabajo demasiado coartado, en cuya realización Guillén Landrián no contó con la libertad que previamente tuviera. La ortodoxia expositiva de la didáctica es violentada (faltaría más), solo que con mucho menos humor, mas no sin inventiva. Rabia, más bien. Por ejemplo, la voz del narrador es continuamente superpuesta al plano fijo de una bocina "de trompeta" que cuelga de una de las paredes del taller y los obreros solo en contadas ocasiones son trabajados por una fotografía que los personaliza; antes bien, aparecen disueltos en una fotografía torva, dura, ajena, cual engranaje más de una empresa que se destaca debido a la implementación de una línea de montaje de ómnibus cubanos. Un cartel sobre la pared: "Esta es nuestra trinchera. ¿Cuál es la tuya?"

 

Confesó Guillén Landrián: "El documental que provoca mi expulsión de la industria no es Coffea Arábiga . Es Taller de Línea y 18 ". Aun termina tres documentales más, que ahora sí son de un animal extraño, no suyos. Solo Nosotros en el Cuyaguateje (1972) tiene trazas de su estilo. Languidece su cine, que acaba con Para construir una casa (1972) (un didáctico acerca de las faenas constructivas punto por punto, detalle por detalle, que contiene una plasticidad fotográfica y una capacidad de síntesis que de alguna manera lo salva, como mismo lo salva esa advertencia final, cuando se enumeran docentemente los recursos materiales imprescindibles para la fabricación de viviendas y se aclara que, más que todo ello, lo esencial son los hombres: "Para estos hombres es que se hace este documental"); y Un reportaje sobre el puerto pesquero (1972) (eso, el título todo lo dice). Todos comparten el atributo esencial del mayor volumen del documental cubano: nos dejan saber lo que el documentalista quiere decir, pero no hay manera de adivinar lo que piensa.

 

Durante los años 60, fue determinante para el cine cubano el intento de incorporar las tácticas de representación del neorrealismo italiano, que era entendido como un estilo de filmar que abarcaba la totalidad social con alto nivel de militancia. Esa tendencia avasallante compendió además la búsqueda (consciente o no) de una forma cinematográfica de definible autoctonía, momento de gloria creativa en que se tocaron las voluntades casi siempre desconectadas de la vanguardia estética y política en un intento por introducir en las fórmulas cansadas de representación motivos de disrupción dramática y tácticas de representación que transgredieran la pasividad del espectador, que incineraran el significado mismo del término. Estoy pensando en Tomás Gutiérrez Alea, cuya Memorias del subdesarrollo (1968) hizo un ejercicio de dialéctica aproximación a las tensiones del cambio social y a su impacto en las historias individuales; en Manuel Octavio Gómez, cuya La primera carga al machete (1969) reedifica la historia canónica desactivando la representación como reino imaginario para fundir el utilitarismo testimonial con la verosimilitud referencial a través del extrañamiento del cine-dentro-del-cine; en Julio García Espinosa, cuya Las aventuras de Juan Quin Quin (1967) replanteó el diálogo contenido-forma en un cine beligerante ante cualquier obediencia estética; en Santiago Álvarez, que elevó el reportaje fílmico a la categoría de laboratorio estético; en Lucía (Humberto Solás, 1968), que actualiza el melodrama y un cine más de afectos que de ideas en la indagación por el destino de lo nacional. Panorama al que se suman los experimentos abiertamente antinarrativos de Armand Gatti en El otro Cristóbal (1962) o la convivencia de métodos de registro de la realidad, si no opuestos, sí cuestionadores del neorrealismo finalmente triunfante, en PM (Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, 1961) o Gente en la playa (Néstor Almendros, 1961). Todos implican un debate con el realismo, dentro de una corriente que se propone más que nada la comunicación a la vez que la gestión de un público nuevo.

 

Guillén Landrián conecta con ese espíritu que se acalló demasiado pronto. Su angustia es trascender los marcos contextuales, por abrir el debate hacia el exterior de una realidad demasiado ceñida. Sin renunciar a trabajar los materiales indígenas, las presunciones de "lo cubano", ensaya algunos de los primeros registros de lo posnacional. Toda la angustia de su cine descansa en quitar sentido, en revelar la ausencia de forma propia de los escenarios del misterio a través de los cuales se desplaza el hombre ayudándose con los bastones de la ideología. Esa angustia no podía sino parar en la locura o el caos brutal que supone la impotencia demostrada para poner tanto y tan complejo en imágenes. Más aún, cuando lo que se le pedía era sentido, mucho sentido, un orden de causa efecto que viese encarnarse en la realidad de cada día el dinamismo del cambio de la cultura material de la revolución. Su pensamiento antisistemático comprende que aquel no es sino otro diván en que reposar del verdadero desafío de entendernos a nosotros mismos como única premisa de la liberación.

 

Contra todo lo imaginable, y a tres décadas de interrumpirse su obra cinematográfica, Guillén Landrián vuelve a dirigir en 2002 Inside Downtown, que es como la vuelta a los orígenes: En un barrio viejo vuelto a filmar. Su obsesión es la misma: biografiar la vida del barrio, de la comunidad a la que pertenece ahora el cineasta, lo que conoce por su nombre de pila. "Quería comunicar que yo estaba en Miami, que estaba vivo y haciendo cine -confesó. (…) es como una necesidad mía de demostrarme que podía realizar cine todavía."

 

Resulta curioso que Guillén Landrián persista en esa manía de definir un arraigo y en hacerlo naturalmente. Después de tanto desgarrarse, parece ahora en paz consigo mismo. Hace humildemente esta suerte de reporte de investigación que lo sitúa, ubica en un tiempo y lugar equis. Se deja fotografiar, incluir en su reportaje sin embozo, como entrevistador o gente de barrio simple. Se hace integrar al conjunto. No obstante, poco después confesaba: "No soy feliz. Los pocos momentos de felicidad que logro con mi compañera Gretel Alfonso son los que hacen sentirme relativamente feliz a veces. Porque la felicidad es un poco un mito… Pero yo aspiro a ser feliz (…) Yo no estoy en contra de la felicidad… que cada uno… que cada uno obtenga, pero como a mí me ha costado tanto… (…) Pero siempre existe la angustia de vivir, tienes que tener al mes el dinero del apartamento (…) tener amistades, que siempre es muy difícil… No andar solo, sino andar con todo el mundo si es posible".

 

 

 

Filmografía de Nicolás Guillén Landrián:

 

Un festival (1963)

 

En un barrio viejo (1963)

 

Los del baile (1965)

 

Ociel del Toa (1965)

 

Retornar a Baracoa (1966)

 

Reportaje (1966)

 

Coffea Arábiga (1968)

 

Desde La Habana 1969 ¡Recordar! (1969)

 

Taller de Línea y 18 (1971)

 

Nosotros en el Cuyaguateje (1972

 

Para construir una casa (1972

 

Un reportaje sobre el puerto pesquero (1972

 

Inside Downtown (2001)

 

Nicolás Guillén Landrián: CARTAS DE NICOLASITO A MANUEL ZAYAS

CARTAS DE NICOLASITO A MANUEL ZAYAS:

 

Estimado Manuel:

Los documentales o mejor dicho los títulos de los documentales de los que envías una lista resultan incompletos. No sé si has querido sintetizar.

Los títulos son:

Homenaje a Picasso, El Morro, Un festival deportivo, En un barrio viejo, Ociel del Toa, Retornar a Baracoa, Plenaria campesina, Rita Montaner, Los del baile, Coffea Arábiga, Desde La Habana -1970- Recordar, Taller de Línea y 18, Un reportaje en el Puerto Pesquero y Nosotros en el Cuyaguateje que fue el último que yo hice. Además yo dudo que existan copias de Desde La Habana -1970- Recordar y de Rita Montaner, porque tengo entendido que no se copiaron, se quedaron en edición de imagen y sonido, re-recording[*], y El Son, del cual no pude ver ni los rushes[**].

Ojalá que logres un filme objetivo y ejemplar debido al tema.

Saludos,
Nicolás Guillén Landrián

 

 

¿Te imaginas tú lo que fue para mí verme de pronto en los calabozos de Villa Marista? Viendo cuáles eran mis conflictos ideológicos, según ellos, luego de haber obtenido la Espiga de Oro con Ociel del Toa.

Y no quedó allí. Me mandaron para una granja dos años; granja que era para personal dirigente que mantenía una conducta impropia. Ahí comenzó la esquizofrenia de nuevo, pero más aguda, que me llevó a ser tratado siquiátricamente por los médicos que había en la prisión. Ellos aconsejaron que fuese enviado a un centro donde pudiese ser atendido adecuadamente. A continuación, me montaron en un avión, descalzo, con el overol de la granja y por encima de los hombros un saco de listas que yo amaba mucho.

Me llevaron de Gerona a La Habana, donde fui internado en el Hospital Siquiátrico Militar que tenían ahí en Ciudad Libertad. De este lugar, luego de ser atendido por un siquiatra argentino, fui enviado bajo prisión domiciliaria a casa de mis padres, para que terminara de cumplir el tiempo que me restaba de la sanción, a la que fui sometido sin previo juicio alguno, sino por deliberación de un tribunal militar.

Luego me regresaron al ICAIC y el ICAIC me encargó un filme didáctico sobre la cosecha del café, teniendo en cuenta la jornada cafetalera que se iniciaba en Cuba en esos años en que yo había salido de prisión por conducta impropia de un personal dirigente. Y presto me dediqué a hacer un ameno documental —divulgativo más que didáctico, aunque es didáctico también— de todo lo que había tenido que ver con el café y el contexto en que me habían situado para hacer Coffea Arábiga.

Después de Coffea Arábiga, la folie[***]. No había manera de que pudiese hilvanar con sentido lógico, en imágenes cinematográficas para mí, la premura de los sesenta.

La paradoja es que no había un verdadero enfrentamiento político por mi parte, sino una anuencia muda y cómplice con todo aquel descalabro. Ya le dije, amigo, la folie.

Mi último re-recording fue el de un documental que titulé Nosotros en el Cuyaguateje.

He vivido en el ostracismo sesenta y cuatro años: desde que tengo uso de razón. Por el nombre y el apellido.

Imagínate tú que a los festivales internacionales que fueron mis filmes no asistí nunca porque no había conciencia en la dirección del ICAIC de que yo pudiese representar al cine cubano, ya que alguien se había atrevido a calificar —parece ser— mi cine como el cine de un afrancesado. Esto sucedió con En un barrio viejo y todos los responsables temerosos asintieron. En un barrio viejo tiene una mención en Cracovia, Polonia, una mención del jurado, y el premio a la opera prima en Toulouse, Francia. Así malcomencé y malterminé en la Industria de Cine Cubano. Por haber sido sometido a esto, pienso del ostracismo lo peor.

Saludos de Nicolás Guillén Landrián

 

Olvidé Patio Arenero y Congos reales debido a la premura con que me dirigí a ti hace unas horas. No tengo conflictos estéticos con ninguno de mis filmes. Todos los conflictos estéticos son resultado de los conflictos conceptuales. Yo quería ser un intérprete de mi realidad. Siempre estuve en el vórtice de la enajenación. El resultado cabal es cada filme terminado.

No pensaba en hacer cine antes de que existiera el ICAIC porque no tenía manera de lograr un resultado. Pero sí había hecho un corto sobre Zanja en La Habana en el cual fui acompañado por Françoise Sagan. No se editó. Una de las patrocinadoras de este filme fue mi madre, Adelina Landrián, que dio dinero y compró la máquina de editar —que no se usó; otra, la Juventud Católica de La Habana.

Me acerqué al ICAIC debido a que no tenía ninguna opción laboral en la década del 60. Busqué trabajo allí y me lo dieron. Comencé como asistente de producción y en unos años fui nominado director de cortometrajes.

Mi formación —apoyada en la obra de otros realizadores de la Escuela Documental: Alberto Roldán, Fernando Villaverde— me hizo optar por temas inmediatos y plausibles. Por esto todos mis documentales resultaron luego postergados.

Fui humillado y proscrito durante toda mi permanencia en el ICAIC y censuraron mi cine —decían— debido a mi comportamiento social.

Joris Ivens y Theodore Christensen fueron el encuentro de un lenguaje adecuado y superior que de ambos maestros era inherente. Aprendí mucho con ambos: sobre todo, a ser cariñoso con la gente, a actuar con cariño.

No tengo copia de Los del baile, de Nosotros en el Cuyaguateje, de Plenaria Campesina, de Un festival deportivo ni de Congos reales.

Saludos,
Nicolás Guillén Landrián

 

*re-recording (En inglés en el original. Traducción: mezcla de sonido).

**rushes (En inglés en el original. Traducción: copión, película positivada del negativo original).

***folie (En francés en el original. Traducción: Locura)

 

Nicolás Guillén Landrián: 3 FICHAS

 

3 FICHAS:

 

Ociel del Toa (Cuba, 1965) de Nicolás Guillén Landrián. Documental. 17'.


Fue el documentalista danés Theodor Christensen, que asesoraba a los cineastas noveles en el naciente ICAIC, el tema que le angustiaba no encontrar. Al sobrino del gran poeta le bastó dirigirse al extremo oriental de la isla que sugirió a Nicolás Guillén Landrián (Camagüey, 1938, Miami, 2003), que emprendiera un viaje al campo tras ese para deslumbrarse al llegar a Baracoa. Fue allí que descubrió a Ociel, un niño que surcaba el río más caudaloso del país en una canoa, como antes lo hicieran sus antepasados indígenas. Reacio al uso de la entrevista, el cineasta optó porque el ámbito sonoro de aquel paraje se expresara por sí solo.

Coffea Arábiga (Cuba, 1968) de Nicolás Guillén Landrián. Documental. 18'.


En este notorio ejemplo de cómo un trabajo por encargo puede devenir una obra maestra, se advierte que a Guillén Landrián no le interesaba abordar al estilo del documental "didáctico" la campaña de siembra intensiva del café en el llamado Cordón de La Habana, destinada al más rotundo fracaso. Sin pretender burlarse del plan y mucho menos de la ruda labor de sus trabajadores que cosechan bajo un sol inclemente, la ironía irrumpe para alejar el tema de los tópicos del didactismo. El director da rienda suelta a su imaginación para acercarse desde las ópticas más insólitas a la realidad de la llamada "década prodigiosa". La incertidumbre del creador respecto al éxito de la zafra cafetalera, no deja de estar presente en este clásico en su género, pletórico de frescura, atrevimiento, modernidad, que fue archivado por años.

 

El joven Manuel Zayas, de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de Los Baños, hace su tesis de grado sobre la obra de Guillén Landrián.

 

Café con leche (Cuba, 2003) de Manuel Zayas. Documental sobre Nicolás Guillén Landrián. 30'.

 

Manuel Zayas pensó en un "realizador maldito" del cine cubano para su tesis en la Escuela de San Antonio de los Baños y Guillén Landrián era una figura ideal. Desde su ópera prima En un barrio viejo (1963), Guillén Landrián evidencia una óptica muy personal y una arraigada irreverencia. El apasionado documental de Zayas hurga en su accidentada trayectoria. No abusa de los testimonios –a tono con el credo de "Nicolasito" de que la imagen es más importante que la palabra– para ejercer el efecto de una auténtica provocación.

Nicolás Guillén Landrián: OBITUARIO

Nicolás Guillén Landrián:

"A la sombra (frase idiomática): bajo el amparo de// en la cárcel// oculto tras// en la penumbra// sin suerte, sin fortuna// permanecer oculto a pesar de// puesto a un lado// reservado".

 

Diagnóstico: cáncer de páncreas; metástasis en pulmones e hígado. En la hoja clínica constaba: 65 años, cubano, negro, seis pies de estatura.

 

OBITUARIO:

El cineasta y artista plástico cubano Nicolás Guillén Landrián conocido como  "Nicolasito", falleció en la ciudad de Miami el  22 julio de 2003. Al cineasta le sobreviven su compañera, Grettel Alfonso, y dos hijos, Nicolás Francisco Guillén y la actriz Elvira Valdés.

Era sobrino del poeta Nicolás Guillén. Nacido en Camagüey en 1938, Guillén Landrián se desempeñó como cineasta con una visión muy personal e independiente de la realidad cubana.

Fue alumno de pintura de Ponce de León, Lam y Portocarrero, entre otros.

Durante su internamiento en el hospital psiquiátrico escribió, también, un libro de poemas. Posiblemente aún inédito.

Se han escuchado incontables anécdotas que lo describen como una suerte de enfant terrible del ambiente intelectual cubano. Casi todos los que lo habían tratado hablan de sus indudables dotes creadoras, combinadas con la pasión por la yerba, las bebidas alcohólicas, las mujeres, el jazz, el cine, las juergas, la poesía y la irreverencia política.

Premiado en los años 60 por su documental "En Un Barrio Viejo", y con obras maestras del cine como sus cortometrajes "Coffea Arábiga" y "Ociel del Toa" (Premio Espiga de Oro), deja un legado de 18 documentales, casi todos realizados en Cuba,

Trabajó para el Instituto de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) desde 1961 hasta 1971, cuando fue expulsado.

lunes 19 de febrero de 2007

Buscándonos

W.H. Auden (1907-1973)

Blues del refugiado

Digamos que en esta ciudad viven unos diez millones,
Unos habitan agujeros, otros habitan mansiones.
Pero no hay un lugar para nosotros, mi amor, no hay un lugar para nosotros.

Alguna vez tuvimos un país y nos gustaba
Todavía lo podemos encontrar en un atlas.
Pero ahora, no podemos ir allá, mi amor, ahora no podemos ir allá.

En la parroquia de nuestro pueblo crece un árbol viejo
Que cada primavera florece de nuevo.
Pero los viejos pasaportes no florecen de nuevo, mi amor, los viejos pasaportes no florecen de nuevo.

El cónsul azotó la mesa con prepotente gesto:
Si no tienen pasaportes, "oficialmente" están muertos.
Pero seguimos vivos, mi amor, seguimos vivos.

Fui a un comité, me ofrecieron asiento y me escucharon
Y cortésmente me pidieron que volviera el próximo año.
¿Pero qué vamos a hecer hoy mismo, mi amor, qué vamos a hacer hoy mismo?

Fui a oír a los políticos, a un orador que argüía:
"Si los recibimos aquí, nos quitarán nuestro pan de cada día",
Y hablaba de ti y de mí, mi amor, hablaba de ti y de mí.

Creí que era un relámpago lo que atronaba sobre mí,
Pero era Hitler sobre Europa, diciendo: "Deben morir",
Y pensaba en nosotros, mi amor, pensaba en nosotros.

Vi un perro que pasaba muy orondo y abrigado,
Vi que una puerta se abría para que pasara un gato,
Pero ellos no eran judíos alemanes, mi amor, ellos no eran judíos alemanes.

Bajé a la orilla del mar y me detuve sobre el muelle
Para ver cómo nadaban en su libertad los peces,
Apenas a unos cuantos metros, mi amor, apenas a unos cuantos metros.

Caminé por el bosque, vi en los árboles a los pájaros
Que no tienen políticos, y cantan a su agrado,
Pero no eran de la raza humana, mi amor, no eran de la raza humana.

Soñé con un edificio que llega hasta el número mil,
Y tenía mil ventanas y sus puertas eran mil,
Y ninguna era para nosotros, mi amor, ninguna era para nosotros.

Me paré en mitad de una explanada cuando la nieve caía,
Diez mil soldados marchaban para abajo y para arriba,
buscándonos a ti y a mí, mi amor, buscándonos.
William Carlos Williams (1883 - 1963)

Disonancia

Una disonancia
en la valencia del uranio
llevó al descubrimiento

La disonancia
(por si os interesa)
conduce al descubrimiento

domingo 11 de febrero de 2007

Ingresos por Lázaro Saavedra


(en Ciudad de La Habana, Cuba transcurre ahora la Feria Internacional del Libro)

Feria por Lázaro Saavedra

(en Ciudad de La Habana, Cuba transcurre ahora la Feria Internacional del Libro)

tension lia

tension lia