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viernes, 21 de diciembre de 2007

ANA AJMÁTOVA

Ana Ajmátova

 

Ana Ajmátova, seudónimo de de Ana Andreievna Gorenko, nació cerca de Odessa en 1889. Con veintitrés años publicó su primer libro de poemas, La tarde. En 1934 su primer marido, el también poeta Gumilev, fue acusado de actividades contrarrevolucionarias y murió fusilado. Muchos de sus amigos poetas fueron enviados a los gulags estalinianos. En 1938 Lev, su único hijo, fue encarcelado. Durante diecisiete meces, Ana Ajmátova hizo cola todas las mañanas ante la cárcel de Leningrado para tener noticias de él. De esta experiencia nacería uno de los poemarios más hermosos: Réquiem, publicado en 1963, el mismo año en que se le concedió el Premio Internacional de Literatura.

Murió en Domodedovo, cerca de Moscú, en 1966.

 

La obra de Ajmátova, una de las voces más importantes de la poesía rusa de este siglo, representa la memoria y la supervivencia del espíritu ruso.

Nota de la edición Mitos de Mondadori.

 

 

 

Hubo una voz en mí. Llamó consoladora

Y dijo: ven aquí, vente,

deja tu tierra apartada y pecadora,

deja Rusia para siempre.

la sangre de la mano yo te limpiaré,

del corazón arrancaré la negra vergüenza,

con nuevo nombre yo te cubriré

el dolor de la derrota y de la ofensa.

 

Pero tranquila, indiferente,

con las manos tapé mis oídos,

para que esta lengua indecente

no ensuciara el espíritu afligido.

 

 

 

LA MUJER DE LOT

 

                                              Pero la mujer de Lot miró

                                              Hacia atrás y se convirtió en una

                                              Columna de sal.

                                                                           Génesis

Y el justo siguió al enviado de Dios,

Enorme y luminoso por el negro monte.

Pero alto a la mujer el ansia habló.

No es tarde, aún puedes mirar al horizonte:

 

las rojas torres de tu natal Sodoma,

la plaza en que cantaste, el patio donde hilabas,

las ventanas vacías en la casa que asoma,

donde al amado esposo hijos dabas.

 

Y miró y, paralizada de un dolor mortal,

sus ojos contemplar ya no pudieron;

y su cuerpo se hizo de transparente sal

y sus ágiles pies en la tierra crecieron.

 

¿Quién por esta mujer irá a llorar?

¿No es ella la menor de las pérdidas dadas?

Solo mi corazón no va a olvidar,

a quien la vida entregó por una mirada.

 

 

 

Cómo iba a saber cuando de blanco vestidas

a mi estrecho refugio las musas llegaron,

que en la lira para siempre empetrecida

mis manos vivientes aquellas posaron.

 

Cómo iba a saber cuando jugando

la última tormenta por mi alma venía,

que al mejor joven sollozando

los ojos aguileños cerraría.

 

Cómo iba a saber cuando, del éxito cansada,

del admirable destino tenté la suerte,

que pronto la gente reiría despiadada

en respuesta a i suplicar ante la muerte.

 

 

 

EL ÚLTIMO BRINDIS

 

Yo brindo por la casa arruinada,

por la vida que sufrí,

por al soledad a dos llevada,

y también por ti –

 

por la mentira de labios traicioneros,

por tus ojos fríos de muerte,

por el mundo cruel y grosero,

por Dios que no asignó la suerte.

 

 

 

Réquiem

 

                                                  No, no bajo un extranjero firmamento,

                                                  ni bajo el amparo de extranjeras alas –

                                                  estuve entonces con mi pueblo,

                                                  donde mi pueblo, por desgracia, estaba.

 

EN LUGAR DE UN PRÓLOGO

 

En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me "reconoció". Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):

-¿Y usted puede describir esto?

Y yo dije:

-Puedo.

Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.

 

DEDICATORIA

 

Las montañas se doblan ante tamaña pena

Y el gigantesco río queda inerte.

Pero fuertes cerrojos tiene la condena,

Detrás de ellos sólo mazmorras de la trena

Y una melancolía que es la muerte.

 

Para quién sopla la brisa ligera,

Para quién en el deleite ocaso –

Nosotras no sabemos, las mismas por doquiera,

Sólo oímos el odioso chirriar de llaves carceleras

Y del soldado el pesado paso.

 

Nos levantamos como para la misa de madrugada,

Caminábamos por la ciudad incierta,

Para encontrar una a la otra muerta, inanimada,

Bajo el sol o la niebla del Neva más cerrada,

Mas la esperanza a lo lejos canta cierta…

 

La sentencia… y las lágrimas brotan de repente,

Ya de todo separada,

Como arrancan la vida al corazon, dolorosamente,

Como si hacia atrás la derribaran brutalmente,

Pero marcha… vacila… aislada…

 

¿Dónde están ahora aquellas compañeras del hazar,

De mis años de infierno desnudo?

¿En la borrasca siberiana cuál es su soñar,

Qué imaginan en el círculo lunar?

A vosotras os envío mi adiós y mi saludo.

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Esto fue cuando el que muerto estaba

solo sonreía, de si paz alegrado.

e inútil, colgante, columpiaba

junto a sus prisiones Leningrado.

 

Y cuando de tormento enloquecido

el condenado al regimiento marchaba,

y una corta cantinela de despido

el silbido de los trenes cantaba.

 

las estrellas de la muerte constantes,

Rusia inocente de dolores repleta

debajo de aquellas botas sangrantes

y la ruedas de las negras furgonetas.

 

 

1

Al alba te llevaron,

como a un entierro tras de ti mi salida,

en la oscura alcoba los niños lloraron,

ante el santo quedaba la vela derretida.

 

En tus labios el frío de un icono.

Sudor de muerte en la frente no olvido.

Como las mujeres de Streliezki pregono

bajo las torres del Kremlin mi alarido.

 

 

2

El don apacible, apacible pasa,

en la luna amarilla en la casa.

 

Entra, sesgada se gorrilla,

una sombra ve la luna amarilla.

 

Esta mujer, su enfermedad,

esta mujer es – soledad.

 

El marido en la tumba, el hijo en prisión,

rezad por mi una oración.

 

 

3

No, no soy yo, es otra la que sufre.

Yo no podría. Que ensombren

lo ocurrido negros velos

y retiren los faroles…

Noche.

 

 

4

Si te hubieran dicho, bromeadota,

la preferida de todos los amigos,

de Tsarkoie Selo ale pecadora,

lo que sucedería en la vida contigo.

Cómo las trescientas, con tus presentes,

anta Las Cruces en fila esperas

y cómo con tus lágrimas ardientes

del año nuevo el hielo derritieras.

Cómo de la prisión el álamo se mece

y no se oye nada – pero cuánta

vida inocente allí fenece…

 

 

5

Diecisiete meses grito,

a la casa te reclamo,

al verdugo ayer suplico,

por ti mi hijo y mi espanto.

Todo se enreda sin nombre

ya no sé diferenciar

quién es la bestia o el hombre,

si la ejecución he de esperar.

Sólo flores polvorientas,

incensario, tintineo, huellas

a cualquier y a ninguna parte.

A los ojos me mira lanzada

y de un pronto desastre me amenaza

una estrella gigante.

 

 

6

Las semanas en un vuelo acaban,

de lo ocurrido no sé dar razón.

Cómo, hijo mío, en la prisión

las noches blancas te miraban

cómo ellas vuelven a verte

con ojo ardiente de azor,

de tu alta cruz en redor

hablan – y sobre la muerte.

 

 

7

Cayó la palabra petrificada

en mi pecho vivo todavía.

No importa, de hecho estaba preparada,

fuera como fuere, lo superaría.

 

No es hoy para mí día de calma:

necesito acabar con la memoria,

necesito petrificar el alma,

necesito recomenzar mi historia –

 

si no… el caliente susurro del verano,

tal fiesta viene a mi ventana abierta.

Lo había presentido ha ya lontano –

in día radiante y la casa desierta.

 

 

8

A LA MUERTE

 

¿Por qué no pues ahora – tú que seguro llegas?

Te espero – muchas son mis desgracias.

Ya apagué la luz y abrí la puerta,

a ti, cosa simple y extraña.

 

Toma para ellos no importa que aspecto.

Irrumpe tal proyectil envenenado,

o furtiva y con pesa, tal bandido experto

o con vapores de tifus impregnados.

 

O con un cuento por ti misma inventado

y al que ya hasta la náusea conocemos –

para que yo vea de la gorra azul el plato

y la palidez de miedo del casero.

 

A mí ya nada me importa. El Yenisei va removido.

Reluce la estrella polar

y el azul brillo de los ojos queridos

el último tormento cubrirá.

 

 

9

Ya el aleteo del delirio

a medias cubra el alma,

y a beber da ardiente vino

y a oscuro valle llama.

 

Y comprendí a lo que yo

debo otorgar la victoria,

escuchando a mi interior

como si extraño fuera ahora.

 

Y en absoluto me permite

que algo mío conmigo lleve

(por mucho que le suplique

y por mucho que le ruegue):

 

ni los ojos del hijo espantados

- pétreo sufrimiento –

ni el día aquel atormentado,

ni en la prisión la hora del encuentro,

 

ni el frescor de a querida mano,

ni la sombra de los tilos,

ni el ligero sonido lejano –

palabra de consuelos últimos.

 

 

10

CRUCIFIXIÓN

 

                                                            No llores por mí, Madre,

                                                            si en la tumba yazgo.

 

I

El coro de ángeles alabó la gran hora,

y los cielos se abrieron en fuego y resplandores.

¡Por qué me has abandonado!, al padre implora,

y a la Madre, - Ay, por mí no llores.

 

II

Madalena se conmovía y lloraba,

el discípulo amado de piedra era,

y allí, donde en silencio estaba

la madre, nadie mirar osó siquiera.

 

 

EPÍLOGO

 

I

Vi cómo los rostros se ajan fácilmente,

cómo bajo los párpados el miedo brilla,

cómo – escritura acuñada – duramente

el sufrimiento se inscribe en las mejillas,

 

cómo rizos negros y rubiocenizos

de pronto de plata tienen su color,

en el tórrido julio y en frío feroz,

juntas conmigo bajo el ciego muro rojo.

 

II

De nuevo se acerca del recuerdo la hora.

A vosotras os veo, os oigo, os siento ahora:

 

a ti, que llegar a la ventana apenas pudiste

a ti, que no pisaste la tierra en que naciste,

 

a ti, que, sacudiendo la cabellera,

dijiste: Vengo aquí como si a casa fuera.

 

A todas por sus nombres quisiera evocar,

la lista me arrancaron y ahora dónde buscar.

 

He aquí una gran manta para ellas tejida

de pobres palabras de ellas oídas.

 

DE ellas me acuerdo siempre y por doquier,

ni en las nuevas desgracias las olvidaré,

 

y si me amordazan la boca de tormento atrita,

por la que un pueblo de cien millones grita,

 

que sea posible que ellas en su pesar me elven

en la víspera del día que a la tierra me lleven.

 

Y si en este país en un cierto momento

tienen la idea de  hacerme un monumento,

 

acepto que este homenaje me advoquen,

pero solo a condición – que lo coloquen

 

no junto al mar donde vine a nacer:

los últimos lazos con el mar desgarré,

 

ni en el parque junto al tronco venerable,

donde me busca la sombra inconsolable,

 

sino aquí ante las puertas donde estuvieron

mis pies trescientas horas y no me abrieron.

 

Porque temo en la muerte de dicha consueta,

olvidar el tronar de las negras furgonetas,

 

olvidar la odiosa puerta de golpe cerrada,

y el grito de la anciana como bestia lanceada.

 

Y ojalá en los párpados sin vida

como lágrimas corra la nieve fundida,

 

y la paloma de la cárcel arrulle en la tierra nueva,

y en silencio naveguen las naves por el Neva.

 

 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy deficiente traducción.
Esas rimas forzadas sencillamente son horribles. Quien es el traductor?

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