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viernes, 23 de febrero de 2007

Rafael E. Saumell: Nicolasito, Nicolach, ¡cuánto nos cuesta el alba!

Rafael E. Saumell

Nicolasito, Nicolach,

¡cuánto nos cuesta el alba!

 

«¿Sólo así he de irme?

¿Como las flores que perecieron?

¿Nada quedará en mi nombre?

¿Nada de mi fama aquí en la tierra?

¡Al menos flores, al menos canto!»

Cantos de Huexotzingo

 

Para Grettel Alfonso

Para Abdel y Michael

 

Cuando leí el obituario escrito por Ivette Leyva Martínez (Encuentro en la Red, miércoles 23 de julio) no lo pude creer: Nicolás Guillén Landrián había muerto, a causa de cáncer en el páncreas, el día anterior y en la ciudad de Miami.

No tengo nada que agregar a lo que ya otros han opinado acerca de la obra cinematográfica y pic- tórica de «Nicolach», como empezó a llamarlo mi hijo Michael allá en La Habana remota. Sólo puedo pensar en la persona a quien vi por primera vez en la prisión, a quien reencontré acompañado de Grettel Alfonso, después de que fuimos excarcelados, un mediodía brillante de 1986 o 1987 en casa de Elizardo Sánchez Santacruz, pues fue amigo de los fundadores del Comité Cubano Pro Derechos Humanos —Ricardo Bofill Pagés, Adolfo Rivero Caro, Eddie López Castillo, Enrique Hernández Méndez, etc.

En mayo de 1988 salí de Cuba con mi familia. En los meses posteriores supe por la prensa y por dos de los implicados, los señores Ramón Cernuda y Jerry Scott, que una muestra de la pintura de Nicolasito había generado un pleito político-judicial de ribetes amargos y ponzoñosos, terminado con penas para los acusados y sin glorias para los acusadores. Por fin él y Grettel abandonaron la Isla y se asentaron en Miami. Manena, Abdel, Michael y yo fuimos a visitarlos a su apartamento de Coral Gables. Nos regalaron una firma abakuá que conservo entre mis pocas pero valiosas pertenencias.

A partir de aquel momento mantuve con él una comunicación muy irregular, aunque siempre estuve enterado de sus altas y bajas. Guardo un recorte de El Nuevo Herald donde aparece junto a Grettel, los dos atravesando situaciones de desamparo. Ahora su cuerpo descansa en la Florida y yo ando por Texas con una muerte más encima.

El mes de julio ha sido terrible para los cubanos: Celia, Tito Duarte, Compay Segundo se han ido. No obstante, la desaparición de Nicolasito sí que me ha afectado. Me hiere y toca en profundidad la mortalidad de un ser tan querido. Incluso el hecho de enterarme que Nicolasito tenía 65 abriles al fallecer constituyó un elemento de sorpresa adicional. Me resulta imposible admitir que él había alcanzado esa respetable edad. Siempre será joven, alto, corpulento, simpático, conversador, lúcido y errático, díscolo, irónico, talentoso, amable, generoso.

Antes de conocerlo había escuchado incontables anécdotas que lo describían como una suerte de enfant terrible del ambiente intelectual cubano. Casi todos los que lo habían tratado hablaban de sus indudables dotes creadoras, combinadas con la pasión por una yerba divina, las bebidas alcohólicas, las mujeres, el jazz, el cine, las juergas, la poesía y la irreverencia política. «Todo mezclado», como dice un verso de su homónimo tío, que alguna vez fue Poeta Nacional, miembro del Comité Central del Partido único y presidente de la Unión de Escritores y Artistas. Nicolasito, rindiéndole honores, tampoco fue un «hombre puro». Nadie lo ha sido nunca, como lo demostraron los dos Nicolás.

En noviembre de 1981 nuestros destinos respectivos nos condujeron a un incómodo lugar: la sala de psiquiatría del Hospital Nacional para Reclusos, ubicada en la prisión Combinado del Este. Nicolasito venía cumpliendo una sentencia de cuatro años por el delito de «peligrosidad», él que nunca puso en peligro a nadie, excepto a sí mismo. Por segunda ocasión se hallaba detrás de los barrotes. Años antes le habían endilgado el sambenito penal de haber cometido «diversionismo ideológico» por el contenido de una de sus obras. Allí, vestido con un pijama demasiado corto y estrecho para su estatura y cuerpo, calzando unas enormes botas militares a manera de chancletas, con mirada estrábica, el habla afectada por dosis letales de barbitúricos, lento en el andar, despeinado y, en ocasiones, ausente del mundo, allí, insisto, malvivía el famoso Nicolasito Guillén, artista maldito, rodeado de dementes, suicidas fracasados, guardias, perros y alambradas.

Desde el momento en que llegué hasta que fui dado de alta meses después, no nos separamos. Toparnos en medio de tanta locura ambiente, resultaron una dicha y un gran consuelo mutuo.

La sala estaba dividida en tres cubículos con capacidad para seis o siete camas cada uno. Recuerdo ciertos nombres de la época: el doctor Jesús Edreira; Natalia, la enfermera ; Reglita, la secretaria; Floro y El Padrino, los reclusos-sanitarios; Moisés, el paciente-tra- bajador, y varios enfermos notables: Chambele, quien se lavaba la cara todas las mañanas usando el agua del inodoro; Jorgito, retrasado mental, mil veces vio- lado por un bugarrón apodado Panqué; Kindelán, quien cayó en estado catatónico en las celdas de castigo; El gato que temía el fusilamiento tanto como la ducha; el mulato Aníbal, que tragó salfumán cuando su pareja de la cárcel lo abandonó; Blanca Palidez, un joven de piel lechosa que se sacó los testículos con una cuchilla de afeitar, en protesta porque lo separaron de su amante; Ichi, ladrón de tendederas, buscavidas, mimo, autor de falsos actos de harakiri en los jardines de la heladería Coppelia; Sandalio, quien reclamaba ser contador público, agrimensor, compositor de canciones (El amor es una cosa esplendorosa) y guionista de cine (La guerra de las galaxias); Pedro, periodista de la revista Mar y Pesca; Roland, contrabandista de dólares; Miguel Ángel Vinajeras, un parricida que había matado a su esposa de un balazo en un parque, y que no pudo suicidarse pues dejó de funcionarle la pistola, creador del mundo perfecto, donde no hay problemas de vivienda ni discusiones familiares; ET , es decir, el extraterrestre, enfermo de epilepsia...

Con ellos y otros personajes coexistíamos Nicolasito y el resto de los pacientes-reclusos, quienes debíamos obedecer, al mismo tiempo, dos inflexibles normas disciplinarias: las de las cárcel y las del hospital. El recuento matutino podíamos pasarlo en la cama. Luego del desayuno, tragábamos las pastillas frente a los ojos vigilantes de Natalia. A partir de ese momento nadie podía permanecer acostado, salvo autorización del doctor Edreira. Había que caminar y caminar por los pasillos laterales hasta el almuerzo, unas cuatro horas más tarde.

Lo que sigue sirve de ejemplo para describir un día en la vida de Nicolasito en 1981: pasar el brillador, participar en la limpieza de los baños, hacer labor-terapia —es decir, llenar pomitos con pastillas—, mirar hacia el resto de la prisión para estar al tanto de los movimientos de personas y vehículos en aquel universo que albergaba entonces, igual que ahora, a miles de condenados vestidos de gris. Luego de comer el rancho del mediodía y de ingerir la segunda dosis de tabletas, Nicolasito podía volver a la cama y dormir hasta que lo despertaba el coro de voces de los presos homosexuales radicados en una sección del edificio 2, bautizada con el nombre de «La patera».

A eso de las cuatro Floro y El Padrino se encargaban, con mayor o menor suerte, de que los pacientes nos bañáramos. A continuación Nicolasito debía ingerir la tercera dosis. Al rato traían la comida. A la siguiente hora había que estar listos para el recuento. En lo adelante daban permiso para encender el televisor hasta las 10 p.m., horario del último conteo y de la dosis final. Apagaban las luces y comenzaba la vida nocturna del presidio: los diálogos en susurro, las sesiones de cigarrillos compartidos, el sueño en ocasiones interrumpido por algún loco que en medio del silencio se alzaba en la cama para gritar: «¡Viva Huber Matos!» Floro y El Padrino se lanzaban encima del pobre tipo y lo regañaban por el ruido y por la indiscreción. Entonces, y pidiendo disculpas, el mismo individuo vociferaba: «¡Viva Gutiérrez Menoyo!».

A veces la rutina cotidiana se alteraba por causas distintas. Nicolasito tenía visita. O el Dr. Edreira mandaba de regreso a las prisiones a algunos de los pacientes, u organizaba una sesión de electroshocks que convertía al pabellón en un recinto de ejecuciones. Nicolasito padeció con frecuencia esas terapias. Salía de ellas sin conocimiento. Dormía, o eso parecía hacer por algún tiempo, hasta que abría los ojos brumosos, más extraviados y estrábicos que nunca, preguntaba qué pasaba y trataba de recordar lo acontecido.

Le daba por hablar mucho de un hijo, a la sazón de unos doce o trece años, que había tenido con una mujer búlgara. Asimismo, mencionaba a su señora madre, que nunca le fallaba una visita. Se refería con frecuencia a un hermano de profesión abogado, funcionario del Ministerio del Trabajo. Del tío célebre poco tenía que comentar. En realidad daba la impresión de haber perdido la fe en su pariente desde hacía muchas lunas.

El resto del tiempo se lo pasaba conversando de música, de cine, de literatura, casi nada de política y, si se prestaba la ocasión, confesaba su nostalgia por la yerba tan perseguida. Muy a menudo hablaba de sus documentales y parecía preferir el titulado Ociel del Toa (1971). Cosa curiosa, nunca le escuché ninguna diatriba ni expresión rencorosa en contra de sus antiguos jefes o colegas del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (icaic).

Una mañana típica, y sin ton ni son, recitó un par de poemas. Me gustaron. Le pregunté quién era el autor. «¡Yo!», me enfatizó de modo que no hubiera dudas de mi parte. Le rogué que los copiara a mano. «Prefiero dictarlos», respondió. Accedí.

 

¡Cuánto nos cuesta el alba!

 

Cuánto nos cuesta el alba

Cuántas veces la presencia

de la muerte aquella que nos prolonga...

Qué ansiedad

el trajinar contra el dintel de las puertas,

el cristal de las ventanas

y el sillón que dejó el viejo;

el alba desde niño

está en los furtivos sueños onanistas

y en el badajo que involucra

al hombre oscuro.

Quiero alertar el sueño del regreso,

en las sienes convergen la luz y el ángulo

que sube y baja en su nocturno suceder.

Todo ha sido previsto.

No puedo.

 

 

por solidaridad

 

Qué formidable fruta debió ser

la que el diablo puso

para que Adán,

estando con Eva y en el paraíso se atreviera

cosas del diablo y de Dios y de Eva

como prohibir a Adán tomar la fruta

estando con Eva

pidiéndolo Eva

 

Durante mi estadía en la sala recibí la petición fiscal, se celebró mi juicio y se decidió mi destino carcelario. Una tarde de mayo de 1982 el doctor Edreira anunció el término de mi jornada psiquiátrica. Nicolasito llevaba bien la cuenta de los días, meses y años que él había extinguido. Por eso sabía lo que me esperaba, o sea, una idéntica obsesión con el paso del almanaque. De él adquirí la manía de machacar una frase suya cuando me hallaba desesperado: «Quiero el final, quiero el final, quiero el final...». Esposado y enjaulado retorné a La Cabaña. Él aguardaba por la orden de libertad emitida por el tribunal. Al despedirnos, repitió la letanía hasta el paroxismo. Nunca más coincidí con «Nicolach» pero sí me enteré que andaba suelto desde mucho antes de que me tocara salir del Combinado en abril de 1986. Fue en ese año o el siguiente cuando convergimos en la casa de Elizardo. Se le veía mejor, más delgado y coherente, aliñado, aunque a ratos, confieso, él perdía el hilo de la conversación.

Vinieron meses intensos, de mucha actividad opositora por parte del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, y de un fuerte gardeo dirigido por los servicios de contrainteligencia contra los ex-presos que se atrevían a reunirse con periodistas extranjeros y diplomáticos, con el propósito de presentarles denuncias sobre violaciones de los derechos humanos. También visitábamos el Azobispado de La Habana y el Ministerio de Justicia con idéntica misión.

De cuando en cuando Nicolasito y Grettel se nos unían en las reuniones informales del Comité celebradas en casa de Bofill o de María Esther de Céspedes. En esos meses descubrí su pasión por pintar, especialmente en horas de la madrugada. Las paredes de su vetusta casona del Vedado eran, ¿siguen siéndolo?, testigos de esa creatividad. No sé cómo lograba conseguir los materiales, pero ahí estaba la obra creciente y delirante ante la vista de quien deseara enterarse. Pasó hambre y necesidades en su país natal. Se comenta que en el exilio ganó y perdió mucho dinero, que anduvo sin techo días y noches secundado invariablemente por Grettel. Siguió forjando su obra, fue homenajeado y respetado.

En La Habana de restringida glasnost expuso varios de sus cuadros en una muestra ideada por Bofill, la cual tuvo lugar en una mansión del Vedado a comienzos de 1988. Las crónicas de la época, de Cuba y de los Estados Unidos, recogen los hechos. Desde 1959 nadie había logrado llevar a cabo nada parecido. Puedo ver a Rivero Caro y a Reinaldo Bragado inaugurando la reunión. Hay periodistas extranjeros tomando notas y fotografías. Desde el edificio de enfrente la Seguridad del Estado graba en vídeo las imágenes de quienes entran y salen. Al día siguiente, un grupo de asaltantes integrado por miembros del Comité de Defensa de la Revolución (cdr) de la cuadra, avanza en fila india hacia la entrada de la casa. Provocan una discusión y sin anunciarlo se meten dentro y comienzan a destruir cuanto alcanzan. Resistimos. El noticiero de televisión del canal 6 muestra a la ciudadanía unas pocas secuencias de la vivienda, asediada por policías y simpatizantes del régimen. En el grupo de «contrarrevolucionarios» figura Nicolasito.

Logró salvar otros cuadros, pero el mercado de arte para los disidentes era lo que es hoy: nulo. Al Ministerio de Cultura de Hart y de Prieto no le interesa promover a un apestado. Nadie le ofreció empleo a quien, al igual que todos, debía atender tres necesidades básicas: desayuno, almuerzo y comida. El Sr. Jerry Scott, a cargo de las relaciones públicas y la información en la Sección de Intereses de los Estados Unidos, comenzó a ayudarlo a sugerencia y petición mías. Llamé su atención sobre el caso humanitario y artístico que representaba mi amigo. Scott, que es también pintor, puso en práctica la cari- dad eficaz: sacó de Cuba la obra acumulada de Nicolasito, la cual pasó al cuidado del Sr. Ramón Cernuda en Miami. A fin de cuentas, durante la guerra fría fue una buena tradición trasladar al occidente burgués y democrático los textos artístico-literarios de los autores perseguidos y silenciados en sus patrias. A raíz de un proceso político-judicial de pésimo gusto, y originado por quién sabe qué motivos, Cernuda perdió la custodia de los cuadros y Scott el puesto en La Habana. Por suerte, se aclaró el entuerto. Nicolasito pudo exponer su obra ante la comunidad de Miami. Me informan que el evento fue exitoso. A Scott, inclusive, se le dio un puesto en la Casa Blanca.

Manejé desde Saint Louis, Missouri, hasta Miami para visitarlo. Dedicamos horas memorables, en las cuales mezclamos pasado y presente, a conversar de cuanto teníamos en común. Caminamos por la calle 8 y concluimos el recorrido, según asegura mi hijo Michael, en un restaurante de la cadena McDonald's. Quedan las fotos a manera de constancia. En una de ellas aparecen juntos y en tono guasón dos que han cesado de existir: «Nicolach» y mi hijo Abdel. Nunca más nos aproximó la vida. He pasado quince años en la periferia del exilio, entre los estados de Missouri, Texas, Alabama, de nuevo Texas. Siempre le preguntaba a otros amigos, viajeros asiduos a Miami, qué noticias tenían de él. Las respuestas eran invariables: «Está bien, continúa pintando, hizo una exposición, dirigió un documental, lo homenajearon».

A Nicolasito lo tengo conmigo a diario, lo veo en casa minuto a minuto a través de su firma abakuá colgando de la pared en mi cuarto. En la mínima pero sagrada papelería que atesoro —copias de mi sentencia, el envejecido pasaporte cubano, una carta de Carlos Rafael Rodríguez, documentos y versos de Abdel, recortes de prensa cubana y norteamericana— se hallan sus poemas.

Pero los años han pasado con una celeridad increíble y ahora él muere y de pronto me doy cuenta de que no insistí como debí en buscarlo y reunirme con él y con Gretta. No me perdono semejante descuido. Tengo que aprender a revivirlo en la memoria, lo único que va permaneciendo de mi pasado. He perdido a un amigo y a un testigo de momentos importantísimos. En este preciso minuto recuerdo que él y yo fuimos retratados el mismo día en el edificio 3 del Combinado para actualizar nuestros expedientes carcelarios. Más aún: la foto en mi carta de libertad es la tomada en aquella oportunidad. Desde hoy tengo que conseguir copias de esos documentales que hizo y no vi. Debo rescatar numerosas fotos de sus cuadros que él me obsequió. ¿Dónde estarán? ¿De qué paredes colgarán? ¿Quién recordará a Nicolasito, aparte de sus familiares inmediatos, dentro de, digamos, cinco años? ¿Qué será de sus restos? ¿Lo enterrarán? ¿Lo convertirán en cenizas, lo preservarán en una urna como hemos hecho con Abdel?

Cuando le di la mala noticia, Michael reaccionó de esta manera: «¡Nooo! Me siento muy triste. Cuando niño estaba enamorado de él. Quería imitarlo. Me encantaban sus mainerismos. Era un tipo genial. ¿De verdad que tenía 65 años cuando murió? No puedo creerlo. Siempre lo veo joven cuando pienso en él. Y su casa de Cuba pintada por los cuatro costados».

Descansa en paz «Nicolach». Quienes te quisimos lo seguiremos haciendo. De cualquier manera, no costaba ningún trabajo cogerte cariño. Perdona mi negligencia por no haber intentado reanudar nuestras conversaciones. Toda- vía no hemos ganado nuestra pelea contra el demonio. Por eso, siempre que me indigno con los asuntos de nuestra nación, repito tu letanía ansiosa y uno de tus versos: «Quiero el final, quiero el final, ¡Cuánto nos cuesta el alba!»

Otro abrazo, mi hermanito...

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